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XI Asamblea Pastoral DiocesanaConferencia: "La Fe crece dándola"Monseñor José Luis del PalacioObispo del Callao
7,8,y 9 de marzo
La Asamblea Diocesana fue precedida por el rezo de las Vísperas a continuación de lo cual nuestro Obispo Mons. José Luis del Palacio expuso la conferencia “La fe crece dándola”, basada en el documento Porta Fidei del Papa Benedicto XVI.
Esta Carta Apostólica en forma motu Proprio está destinada a evangelizar al hombre de hoy. Este plano nos hace presente que hay que pasar de una Pastoral de Sacramentalización a una pastoral de Evangelización.
Cristo está presente en los sacramentos (Bautismo, Eucaristía, confirmación, Penitencia, etc). También está presente en el Papa (Se aconseja leer las Encíclicas, las cartas, y otros documentos publicados por él) y en los Obispos (Se aconseja leer las cartas pastorales)
El problema que existe en la pastoral de Sacramentalización es que hay que tener fe para poder creer en estas presencias de Jesucristo. Cuando la gente ha perdido la fe, lo que hay que hacer es una Pastoral de Evangelización que llegue a aquellas personas que se encuentran alejadas de la Iglesia y que hace mucho tiempo han dejado de creer.
Tendríamos que hacernos una pregunta ¿Por qué hoy no acude la gente a la Iglesia? La respuesta es porque no ve a Jesucristo, y si no ve a Jesucristo no ve al Padre.
Tenemos que encontrar una presencia de Jesucristo que llame a la fe a todo hombre, de modo que también un pagano, un ateo, un hombre desacralizado, que no tiene fe en Jesucristo y ya no viene por la Iglesia, viendo este signo conozca a Jesucristo.
La pregunta es ¿Ha dado Jesucristo algún signo a su Iglesia que llame a las personas a la fe? En efecto, dice Jesucristo en el Evangelio “Amaos como yo os he amado…en este amor reconocerán todos que sois discípulos míos” (Cf. Jn 13,34-35) y también “Padre, que sean perfectamente uno, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Cf. Jn 17,21).
La parroquia tiene que dar estos signos del Amor y la Unidad en la dimensión de la cruz para viéndolos la gente conozca que frente a sus problemas y sufrimientos Dios ha mandado un Salvador, que es Jesucristo.
Por ello a la luz de la Carta del Papa Benedicto XVI expongo algunas reflexiones:
1. Hay que redescubrir el camino de la fe:sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común.
No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16).
«Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29).
2. La iglesia está en constante conversión y renovación: la Iglesia continúa su peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26).
El Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo.Redescubramos la Iniciación Cristiana porque por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias al don de la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección.
3. El gozo de la fe y el entusiasmo de comunicar la fe.«Caritas Christiurgetnos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar.Por eso, una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe.
Ésta crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica, como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo».
4. Un tiempo de gracia para profesar públicamente la fe: Habrá que intensificar la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo. Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre.
El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10).
6. Creer no es un acto privado: La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree.La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la fe en Jesucristo como Señor de toda dominación y esclavitud.
7. Es una gran ayuda el catecismo de la iglesia católicapara acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II.A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia.Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos.
8. Este año es para recorrer de nuevo la historia de nuestra fe, que contempla el misterio de la santidad y el pecado.
9. La vida de fe de los apóstoles: No olvidemos que por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28).Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar.
10. En este “año de la fe” tenemos que intensificar el testimonio de la caridad:con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).
Los signos de la fe son: amor y unidad:La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo.
Todo este año es una llamada de Dios para que nadie se vuelva perezoso en la fe.
Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.
11. Pero este es un año para fortalecer nuestra relación con Cristo.Pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf.Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.
Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.
CONCLUSIONES DE LA XI ASAMBLEA PASATORAL DIOCESANA7,8,9 DE MARZO DE 2013
Como hemos repetido estos días, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí, al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo, en Jesucristo crucificado y resucitado. Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios revelado en la Biblia, el que hemos visto y palpado en el rostro humano, en la humanidad de su Hijo único, ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo» como dice Benedicto XVI.
Ahí radica el impulso urgente y decidido de una nueva evangelización para la transmisión de la fe, que consiste en poner en el centro y en la base de la Iglesia y de su actuación la Palabra de Dios y la Liturgia: la Eucaristía, la oración y la adoración. Pocos hablan de liturgia en el centro del futuro de la Iglesia y del servicio de ésta a la humanidad. ¡Y depende tanto de ella! Mucho, en efecto depende de recuperar y vivir la liturgia, sobre todo la Eucaristía, en lo más nuclear de la Iglesia. Por eso en nuestra diócesis haremos un Congreso sobre la Liturgia titulado: “La Eucaristía, Sacramento del Misterio Pascual” que se realizará del 26 al 30 de Agosto del presente año.
Urge reavivar en nuestra vida diocesana el verdadero sentido de la liturgia, profundizar y difundir la verdadera renovación litúrgica querida por el Vaticano II apremia reavivar en las conciencias la necesidad imperiosa de la Liturgia, si queremos una Iglesia con vida, santa en sus miembros, con capacidad evangelizadora. Es decir una Iglesia conforme pide «Gaudium et Spes», es preciso poner en la base «SacrosanctumConcilium», como hizo el Concilio Vaticano II. Es necesario dar un nuevo impulso a lo que constituye lo más genuino de la renovación litúrgica Conciliar, darlo a conocer, interiorizarlo y aplicarlo fielmente, impulsar un gran movimiento de formación litúrgica, para celebrar bien y para participar adecuadamente en la celebración.
Por eso «la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí, al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo, en Jesucristo crucificado y resucitado. Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios revelado en la Biblia, el que hemos visto y palpado en el rostro humano, en la humanidad de su Hijo único, ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo» (Benedicto XVI).
Ahí radica tanto el impulso urgente y decidido de una nueva evangelización para la transmisión de la fe, como poner en el centro y en la base de la Iglesia y de su actuación la Palabra de Dios y la Liturgia: la Eucaristía, la oración y la adoración. Pocos hablan de liturgia en el centro del futuro de la Iglesia y del servicio de ésta a la humanidad. ¡Y depende tanto de ella! Mucho, en efecto depende de recuperar y vivir la liturgia, sobre todo la Eucaristía, en lo más nuclear de la Iglesia.
Urge reavivar por doquier el verdadero sentido de la liturgia, profundizar y difundir la verdadera renovación litúrgica querida por el Vaticano II apremia reavivar en las conciencias la necesidad imperiosa de la Liturgia, si queremos una Iglesia con vida, santa en sus miembros, con capacidad evangelizadora. Si queremos una Iglesia conforme pide «Gaudium et Spes», es preciso poner en la base «SacrosanctumConcilium», como hizo el Concilio Vaticano II. Es necesario dar un nuevo impulso a lo que constituye lo más genuino de la renovación litúrgica conciliar, darlo a conocer, interiorizarlo y aplicarlo fielmente, impulsar un gran movimiento de formación litúrgica, para celebrar bien y para participar adecuadamente en la celebración.
No nos cansemos de dar razón de nuestra esperanza, que es Cristo, «que tiene palabras de Vida eterna» (Jn 6,68).
No hay que olvidar que el deterioro moral trae consigo una pérdida de humanidad y por eso estamos haciendo en nuestra diócesis el Master en Bioética y Familiar.
¿Acaso no recordamos que «la fe se fortalece dándola» (RM, 2). América Latina necesita una nueva evangelización ante la realidad del cambio tan profundo que se está operando en el interior de la sociedad americana. Su intenso crecimiento económico ha incrementado sus clases medias, ha visto nuevos sectores populares emergentes, ha puesto en ebullición comunidades y pueblos indígenas, ha desarrollado nuevos areópagos en los campos de la política, de las universidades, de los medios de comunicación social. Quedan, a la vez, muchos sectores marginados, excluidos, y los rostros de la pobreza y del sufrimiento se encuentran en las periferias miserables de las grandes ciudades, en los ancianos solos, en las mujeres abandonadas, en los inmigrantes sometidos a toda clase de violencia, en las cada vez más numerosas víctimas del alcohol y las drogas, en los atentados por las redes de delincuencia y violencia. La cultura global del relativismo y del hedonismo penetra también la realidad latinoamericana por doquier, erosiona la religiosidad popular, atenta contra la institución familiar y la cultura de la vida y deja a los jóvenes desconcertados, muchas veces huérfanos de padres, maestros, educadores. Todos estos son ámbitos humanos interpelantes que nos quieren poner en camino para pasar por la puerta que nos lleva a la misión en América y para colaborar en abrir a Cristo las puertas del corazón de los latinoamericanos.
«América, ¡sal de tu tierra!». Evangelicemos otros continentes desde el Callao. En los últimos años han salido de las Iglesias jóvenes de América Latina nuevos evangelizadores para hacer resonar el anuncio de Cristo, Hijo de Dios. Siguiendo el rastro de los Apóstoles, muchos hombres y mujeres americanos están viviendo el dinamismo de un nuevo Pentecostés, convirtiéndose en «evangelios vivientes», como le gusta llamar a Benedicto XVI a los misioneros.
Están presentes también movimientos y nuevas comunidades de origen latinoamericano. Son un exponente más de la vocación misionera para «salir» de la propia tierra e ir a los que están lejos. Quienes han sido «tocados» por la gracia para vivir este compromiso misionero son verdaderos testigos de la fe, «porque la fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo» (PF, 7).
Por eso saldremos por las plazas y las calles de nuestra diócesis anunciando el evangelio.
La Congregación de la Doctrina de la Fe nos invita a profundizar y estudiar el catecismo de la Iglesia Católica.
<Dice el Papa Benedicto XVI en el YouCat: “¡Estudiad el Catecismo! Os presenta el mensaje del Evangelio como la «perla de gran valor” (Mt 13,46). Tenéis que estar más profundamente enraizados en la fe que la generación de vuestros padres, para poder enfrentaros a los retos y tentaciones de este tiempo con fuerza y decisión. Si no queréis sucumbir a las seducciones del consumismo, si vuestro amor no quiere ahogarse en la pornografía, si no queréis traicionar a los débiles ni dejar tiradas a las víctimas.
¡Vosotros mismos sois el Cuerpo de Cristo, la Iglesia! Introducid el fuego nuevo y lleno de energía de vuestro amor en la Iglesia, por más que algunas personas hayan desfigurado su rostro. «En la actividad, no seáis negligentes; en el espíritu manteneos fervorosos, sirviendo constantemente al Señor» (Rom 12,11).
«¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que solo soy un niño.» (Jer 1,6). Pero Dios no cambió de idea: «No digas que eres un niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene.» (Jer 1,7)
Para ofrecemos, a través de la Facultad de Teología, profundizar en el Concilio Vaticano II y el Catecismo, a través de un curso que se impartirá todos los viernes. También iniciaremos un Master en educación y psicología, así como seguiremos con la Facultad de Ciencia de la Educación.
Les informo que pronto será reconocida la Facultad de Filosofía por el Congreso de la República, y que también vamos a crear la cátedra de judeo-cristianismo, para diálogo con nuestros hermanos mayores. Por eso, iremos los sacerdotes del Callao en peregrinación a Israel y Roma, que son el quinto evangelio.
También les informo que estamos instaurando en todas las parroquias las Cáritas Parroquiales. El Card. Sarah (Presidente del Consejo pontificio CorUnum) nos ha anunciado que vendrá para tener una reunión con nosotros el mes de Junio. Hemos seguido las notas con indicaciones pastorales ha dado la Congregación de la Doctrina de la Fe en Roma en la Solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero de 2012).
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