|
XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Is 53, 2-3. 10-11; Sal 32: Hb 4, 14-16; Mc 10, 35-45
Se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: "Maestro, queremos nos concedas lo que te pidamos." Él les dijo: "¿Qué queréis que os conceda?" Ellos le respondieron: "Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda." Jesús les dijo: "No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?" Ellos le dijeron: "Sí, podemos." Jesús les dijo: "La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado." Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: "Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos."
La semana pasada la orientación de las lecturas estaba marcada por el tema de los bienes y el desprendimiento, al respecto nos dice el Papa Benedicto XVI: “…El evangelio tiene como tema principal la riqueza. Jesús nos enseña que es muy difícil para un hombre rico entrar en el reino de Dios, pero no imposible; de hecho, Dios puede ganar el corazón de una persona que posee una gran riqueza e impulsarla a la solidaridad y a compartir con los necesitados, con los pobres, es decir, a entrar en la lógica del don…” (Benedicto XVI, Ángelus, 14 de octubre de 2012).
En la presente semana se nos pone frente a otro tipo de riqueza, no la dada por los bienes materiales, sino la que se alcanza por el poder, a través del cual se obtiene un lugar sobre los otros. En términos sencillos, podemos decir que el estar cerca o ser cercano de aquel que cuenta con el poder, nos hace sentirnos poderosos, importantes, como que su poder se nos transmite y nos reviste. Esto es común sobre todo en el aspecto político, donde muchas veces los políticos luego de haber recibido el apoyo necesario para alcanzar el poder, cuando lo alcanzan revisten de poder a otras personas.
Jesús en el evangelio hace como una aclaración, donde Él mismo dice: "... mi cáliz lo beberéis y podréis ser bautizados con el bautismo que yo voy a ser bautizado; pero el sentarse a mi derecha o izquierda sólo corresponde a mi Padre del cielo...". Esto está queriendo indicar, como lo expresa la primera lectura, a través del famoso cántico de Isaías, una profecía de la vida de Cristo, porque Cristo es el siervo de los siervos, Él es el siervo de Dios, como Él mismo lo dice en otro texto: "... el siervo no es más que su amo...". Con estas palabras Cristo está indicando que el sentido de su presencia entre los hombres (misterio de Encarnación), está en cumplir el designio del Padre, el pleno cumplimiento de las promesas a los hombres y la realización final del amor misericordioso del Padre con el cual nos ha redimido y rescatado. Para llevar a realización esta misión no se necesitaba de un hombre poderoso o con dominio, sino de un siervo, tal como se describe en los cánticos del siervo de Yahvé.
La carta a los Hebreos, nos presenta por lo tanto a Cristo como Sumo Sacerdote que a diferencia de la antigua alianza, no tiene necesidad de ofrecer constantemente sacrificios de purificación ni por sí mismo ni por el pueblo, sino que Cristo Sumo y Eterno Sacerdote se ha dado todo de sí en su pasión y muerte de cruz (derramamiento total de su sangre), de una vez para siempre por nosotros. Así como Cristo, al encarnarse se ha despojado de sí mismo, según la carta a los Filipenses, Dios, a través de los padecimientos en nuestra vida, los sufrimientos, o las correcciones, tiene que ir despojándonos de nuestro hombre de la carne, de este hombre amante del poder, del prestigio, de la soberanía para construirse y en ese construirse pensar y creer que se encuentra la vida y la realización total. En nuestros días hay expresiones que se suelen escuchar como: “…necesito mi espacio, necesito mi tiempo, necesito realizarme…”; todo es bueno no autónomo y aisladamente de la comunión con el otro.
Tantas veces los miembros de la Iglesia, consagrados y laicos, podemos caer en este afán de acercarnos al poder para sentirnos importantes, cuando lo que Cristo nos ha enseñado: ser siervos para los hombres. Tantas veces nos cuesta porque hemos invertido la escalera; nuestra vida está llamada a ser un descendimiento para que en nosotros vaya dándose la vida del hombre celeste, que expresa nuestra comunión con Cristo. Al respecto nos dice San Gregorio de Nisa: «…Es conveniente que aquellos que están establecidos en el cargo de superiores, se sacrifiquen más que los demás, tengan sentimientos aún más humildes que sus subordinados, y presenten a sus hermanos, por sus propias vidas, el mismo tipo de servicio. Que miren a los que les son confiados como depósitos pertenecientes a Dios…» (Gregorio de Nisa, Sobre la perfección cristiana).
Por ser bautizados, nuestra vida está llamada a reproducir la imagen y la vida de Cristo, porque nuestra vida no es un azar, ni es un proyecto que tenemos que descubrir o tenemos que nosotros planear y desarrollar; nuestra vida es y está llamada a ser obra de Dios. Nuestro Beato Papa Juan Pablo II, cuando clausuró el año jubilar en el 2000, en la encíclica, y en el n. 30 dice: «…todo proyecto pastoral en la Iglesia, debe llevar al hombre a la santidad de vida…» (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte n. 30).
Pbro. Oscar Balcázar Balcázar |