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Hoy: May 24, 2013
 
 
Reflexión Semanal
REFLEXIÓN SEMANAL XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO PDF Imprimir E-mail

 

XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Is 53, 2-3. 10-11; Sal 32: Hb 4, 14-16; Mc 10, 35-45

Se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: "Maestro, queremos nos concedas lo que te pidamos." Él les dijo: "¿Qué queréis que os conceda?" Ellos le respondieron: "Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda." Jesús les dijo: "No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?" Ellos le dijeron: "Sí, podemos." Jesús les dijo: "La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado." Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: "Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos."

 

La semana pasada la orientación de las lecturas estaba marcada por el tema de los bienes y el desprendimiento, al respecto nos dice el Papa Benedicto XVI: “…El evangelio tiene como tema principal la riqueza. Jesús nos enseña que es muy difícil para un hombre rico entrar en el reino de Dios, pero no imposible; de hecho, Dios puede ganar el corazón de una persona que posee una gran riqueza e impulsarla a la solidaridad y a compartir con los necesitados, con los pobres, es decir, a entrar en la lógica del don…” (Benedicto XVI, Ángelus, 14 de octubre de 2012).  

 

En la presente semana se nos pone frente a otro tipo de riqueza, no la dada por los bienes materiales, sino la que se alcanza por el poder, a través del cual se obtiene un lugar sobre los otros. En términos sencillos, podemos decir que el estar cerca o ser cercano de aquel que cuenta con el poder, nos hace sentirnos poderosos, importantes, como que su poder se nos transmite y nos reviste. Esto es común sobre todo en el aspecto político, donde muchas veces los políticos luego de haber recibido el apoyo necesario para alcanzar el poder, cuando lo alcanzan revisten de poder a otras personas.

 

Jesús en el evangelio hace como una aclaración, donde Él mismo dice: "... mi cáliz lo beberéis y podréis ser bautizados con el bautismo que yo voy a ser bautizado; pero el sentarse a mi derecha o izquierda sólo corresponde a mi Padre del cielo...". Esto está queriendo indicar, como lo expresa la primera lectura, a través del famoso cántico de Isaías, una profecía de la vida de Cristo, porque Cristo es el siervo de los siervos, Él es el siervo de Dios, como Él mismo lo dice en otro texto: "... el siervo no es más que su amo...". Con estas palabras Cristo está indicando que el sentido de su presencia entre los hombres (misterio de Encarnación), está en cumplir el designio del Padre, el pleno cumplimiento de las promesas a los hombres y la realización final del amor misericordioso del Padre con el cual nos ha redimido y rescatado. Para llevar a realización esta misión no se necesitaba de un hombre poderoso o con dominio, sino de un siervo, tal como se describe en los cánticos del siervo de Yahvé.

 

La carta a los Hebreos, nos presenta por lo tanto a Cristo como Sumo Sacerdote que a diferencia de la antigua alianza, no tiene necesidad de ofrecer constantemente sacrificios de purificación ni por sí mismo ni por el pueblo, sino que Cristo Sumo y Eterno Sacerdote se ha dado todo de sí en su pasión y muerte de cruz (derramamiento total de su sangre), de una vez para siempre por nosotros. Así como Cristo, al encarnarse se ha despojado de sí mismo, según la carta a los Filipenses, Dios, a través de los padecimientos en nuestra vida, los sufrimientos, o las correcciones, tiene que ir despojándonos de nuestro hombre de la carne, de este hombre amante del poder, del prestigio, de la soberanía para construirse y en ese construirse pensar y creer que se encuentra la vida y la realización total. En nuestros días hay expresiones que se suelen escuchar como: “…necesito mi espacio, necesito mi tiempo, necesito realizarme…”; todo es bueno no autónomo y aisladamente de la comunión con el otro.

 

Tantas veces los miembros de la Iglesia, consagrados y laicos, podemos caer en este afán de acercarnos al poder para sentirnos importantes, cuando lo que Cristo nos ha enseñado: ser siervos para los hombres. Tantas veces nos cuesta porque hemos invertido la escalera; nuestra vida está llamada a ser un descendimiento para que en nosotros vaya dándose la vida del hombre celeste, que expresa nuestra comunión con Cristo. Al respecto nos dice San Gregorio de Nisa: «…Es conveniente que aquellos que están establecidos en el cargo de superiores, se sacrifiquen más que los demás, tengan sentimientos aún más humildes que sus subordinados, y presenten a sus hermanos, por sus propias vidas, el mismo tipo de servicio. Que miren a los que les son confiados como depósitos pertenecientes a Dios…» (Gregorio de Nisa, Sobre la perfección cristiana).

 

Por ser bautizados, nuestra vida está llamada a reproducir la imagen y la vida de Cristo, porque nuestra vida no es un azar, ni es un proyecto que tenemos que descubrir o tenemos que nosotros planear y desarrollar; nuestra vida es y está llamada a ser obra de Dios. Nuestro Beato Papa Juan Pablo II, cuando clausuró el año jubilar en el 2000, en la encíclica, y en el n. 30 dice: «…todo proyecto pastoral en la Iglesia, debe llevar al hombre a la santidad de vida…» (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte n. 30).

 

Pbro. Oscar Balcázar Balcázar

 
Reflexión Semanal XXVII Domingo del Tiempo Ordinario PDF Imprimir E-mail

 

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

Gn 2, 18-24; Sal 127; Hb 2, 9-11; Mc 10, 2-16

 

Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: "¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?". Él les respondió: "¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?". Ellos dijeron: "Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella". Entonces Jesús les respondió: "Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido". Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto. Él les dijo: "El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio". Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron. Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: "Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él". Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos.

 

 

En el presente domingo, las lecturas nos presentan el sentido y significado de la Alianza matrimonial, unión indisoluble de un hombre y una mujer, quienes han sido creados para una común-unión y ser “una sola carne”, tal como nos lo dice Jesús en el evangelio.

 

El Beato Papa Juan Pablo II dijo: «…Las palabras de Cristo dirigidas a los fariseos (cf. Mt 19) se refieren al matrimonio como sacramento, o sea, a la revelación primordial del querer y actuar salvífico de Dios «al principio», en el misterio mismo de la creación. En virtud de esta acción salvífica de Dios, el hombre y la mujer, al unirse entre sí, se hacen «una sola carne» (Gén 2, 24), estaban destinados, a la vez, a estar unidos «en la verdad y en la caridad» como hijos de Dios, hijos adoptivos en el Hijo Primogénito, amado desde la eternidad…» (Juan Pablo II, La sacramentalidad del matrimonio a la luz del Evangelio, Audiencia general 24 de noviembre de 1982).

 

Cristo ante sus interlocutores, confirma el matrimonio como sacramento instituido por el Creador «al principio» —y en conformidad con esto, exige y manifiesta su indisolubilidad—, con esto mismo abre el matrimonio a la acción salvífica de Dios, a las fuerzas que brotan de la redención del cuerpo y que ayudan a superar las consecuencias del pecado original y a construir la unidad del hombre y de la mujer según el designio eterno del Creador.

 

Tertuliano escribe al respecto: «… ¿De dónde voy a sacar la fuerza para describir de manera satisfactoria la dicha del matrimonio que celebra la Iglesia, que confirma la ofrenda, que sella la bendición? Los ángeles lo proclaman, el Padre celestial lo ratifica... ¡Qué matrimonio el de dos cristianos, unidos por una sola esperanza, un solo deseo, una sola disciplina, el mismo servicio! Los dos hijos de un mismo Padre, servidores de un mismo Señor; nada los separa, ni en el espíritu ni en la carne; al contrario, son verdaderamente dos en una sola carne…» (Tertuliano, Ad uxorem, 2,9)

 

Nuestro Papa Benedicto XVI nos dice al respecto: «…La verdad antropológica y salvífica del matrimonio, también en su dimensión jurídica, se presenta ya en la sagrada Escritura. La respuesta de Jesús a los fariseos que le pedían su parecer sobre la licitud del repudio es bien conocida: "¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: "Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne?". De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre" (Mt 19, 4-6). Las citas del Génesis (Gn 1, 27; 2, 24) proponen de nuevo la verdad matrimonial del "principio", la verdad cuya plenitud se encuentra en relación con la unión de Cristo con la Iglesia. A partir de esta unidad dual de la pareja humana se puede elaborar una auténtica antropología jurídica del matrimonio…» (Benedicto XVI, Discurso al Tribunal de la Rota Romana, 2 de febrero de 2007).

 

El evangelio nos pone la figura del niño: "…Dejad que los niños se acerquen a mí…". Los niños representan la más clara actitud anti farisaica: no tienen posiciones que guardar, ni prestigio que mantener, ni privilegios que defender. Están preparados para escuchar a quien les hable. Al igual que los pobres, están disponibles a los cambios. Poseen algo fundamental que los distingue de los adultos: están dispuestos a recibir lo que se les da; y el reino es don, no conquista personal. El que se cree justo, el que invoca sus propios intereses y méritos, queda excluido. Los niños se dejan guiar, tienen el don de vivir el momento presente. Poseen la sencillez de la mirada y del corazón; al llegar lo nuevo, lo miran, se acercan y lo aceptan.

 

Que el Señor nos ayude a que nuestro corazón no se endurezca, ya que el corazón se endurece cuando el hombre hace la vida a su medida, al Dios a su medida, porque se ha constituido en el centro de todo, se ha hecho Dios de sí mismo.

 

Pbro. Oscar Balcázar Balcázar

 
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